Artes visuales · Literatura

Digno pero irreverente: historia del logo de Penguin Books

Según la leyenda oficial, todo comenzó cuando Allen Lane volvía de visitar a Agatha Christie en su casa de Devon, allá a mediados de los años 30. Lane era el joven director ejecutivo de la editorial inglesa Bodley Head, y quería amenizar el viaje en tren hasta Londres con algo de lectura. En la tienda de la estación, no obstante, sólo encontró novelones del siglo XIX, pesados para la mano y algunos también para el alma. Qué conveniente sería, pensó entonces, poder comprar libros de bolsillo, manejables y baratos pero aun así de calidad. En cuanto estuvo de vuelta en Londres, propuso a los socios de Bodley Head ser los primeros en producir libros así en Inglaterra. ¿Cómo rechazar una idea tan estupenda? Pero la década de los treinta no había comenzado bien en lo económico para la editorial, y no estaban para demasiadas audacias. La respuesta que recibió Lane fue algo así como «Oh, es un proyecto fabuloso. Adelante con ello, siempre y cuando corras tú con los gastos». Y Lane, junto con sus hermanos, que también trabajaban en la compañía, aportaron el capital de la que sería la aventura más importante de su carrera editorial.

El creador de Penguin Books, Allen Lane, con un pequeño pinguino en el zoo de Londres.
Allen Lane con libro y pingüino anónimo. Gracias a Lane, se publicaron por primera vez en Inglaterra obras tan escandalosas como el Ulises de Joyce o El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence. Sin embargo, fue también responsable de robar y quemar casi todos los ejemplares de la polémica Massacre del dibujante Siné. Nadie es perfecto.

Aparte del dinero debían contar con un buen nombre para el proyecto. Desde el primer instante en que Lane soñó con hacer libros buenos, bonitos y baratos, había tenido en mente a una editorial que ya lo estaba haciendo en Alemania, Albatross Books. Su formula, bastante innovadora en aquel momento, consistía en unir calidad de contenido con un impecable diseño y, esto era sumamente importante, sin encarecer el producto final. Allen Lane estaba tan enamorado de lo hecho por Albatross, que quiso dar a la nueva división de Bodley Head otro nombre de animal. Varias ideas fueron propuestas en una interminable reunión sin que ninguna cuajara, hasta que la secretaria de Lane, Joan Coles, sugirió «¿Y por qué no un pingüino? Es digno pero al mismo tiempo irreverente». Aquello gustó tanto a los hermanos Lane, que de inmediato enviaron a uno de sus diseñadores al zoo a dibujar pingüinos para el logotipo.

Cubierta de Dublineses en la primera edición hecha por Albatross
Albatross publicaba libros en inglés para el público continental, y el primero de ellos fue Dublineses de James Joyce. Mucho más tarde, cuando su confundador, Kurt Enoch, tuvo que huir de Alemania por culpa de los nazis, Allen Lane le contrataría para ocuparse de la división estadounidense de Penguin. Por diferencias de criterio con Allen, Enoch más tarde se apartaría de Penguin para formar otra editorial, la New American Library, que en la actualidad pertenece a Penguin Random House. La de vueltas que da la vida.

El diseñador en cuestión era un joven de 22 años llamado Edward Young. Había abandonado sus estudios cuatro años antes para lanzarse de cabeza a trabajar en el mundo editorial, y aunque él no lo sabía entonces, estaba por llegar otra gran guerra en Europa en la que él sería el primer oficial inglés al mando de un submarino. Lo contaría en su autobiografía, One of our submarines, junto con otras emocionantes aventuras, como cuando su barco se hundió y tuvo que aguantar la respiración durante los 25 metros de gélido océano que le separaban de la superficie. Pero eso sería más adelante. En ese momento, la vida le puso a dibujar pingüinos. Volvió del zoo con varios bosquejos y quejándose de la peste que soltaban aquellos condenados animales.

Young se ocupó también de diseñar las cubiertas de los libros Penguin, a las que dio una proporción aurea y una apariencia distintiva con sus tres franjas, la superior e inferior de un mismo color, la central blanca para ubicar en ella el nombre del autor y el título. Ambos datos aparecían en esa maravilla de tipografía, siempre moderna y al mismo tiempo clásica, la Gill Sans creada por Eric Gill. Además, a pesar de ser de bolsillo, los volúmenes llevaban una sobrecubierta de papel. Una vez compuestos, impresos y encuadernados, los primeros libros Penguin eran algo muy agradable de tener en la mano y hojear, y destacaban sin duda frente a la competencia por su diseño limpio y atractivo. Los lectores pronto se acostumbraron al código cromático elegido por Edward Young para cada género: naranja para la novela, verde para las historias de detectives, azul oscuro para las biografías, rojo para el teatro…

Logotipo creado por Edward Young
Esta criatura tan adorable y blandita es el logotipo original creado por Edward Young. La acabaron llamando Frostie en honor a Eunice Frost, editora imprescindible en los inicios de Penguin y su primera directora en femenino, además de la primera mujer en recibir una Orden del Imperio Británico por sus servicios a la literatura.

La leyenda «Bodley Head», que llevaban en la cubierta los primeros libros, no tardó en desaparecer con el definitivo desgajamiento de Penguin Books, ya convertida en editorial por derecho propio. El almacén de la compañía se estableció en la cripta de la Iglesia de la Santa Trinidad en Marylebone. Los paquetes que venían de la calle bajaban hasta allí a toda velocidad por un tobogán infantil. En ese y en otros detalles, Penguin era especial. No eran sólo las ediciones, la distribución también resultó novedosa. Allen Lane estaba convencido de que sus libros debían ser fáciles de encontrar, venderse en librerías pero también en estaciones de tren, estancos, grandes almacenes y en cualquier tienda dispuesta a venderlos. Además, en un alarde de modernidad, Penguin puso en marcha una máquina dispensadora de libros, la «Penguincubadora». Otro aspecto en el que insistió Lane fue que el precio de cada volumen fuera el mismo que el de un paquete de tabaco, seis peniques. Era una decisión arriesgada, ya que para que Penguin resultara económicamente viable tenían que imprimirse grandes tiradas, pero también venderse. Y así fue. Las primeras ediciones se agotaron con rapidez y hubo que reimprimirlas. George Orwell comentó tamaño éxito con estas palabras: «Los libros de Penguin ofrecen un valor espléndido por seis peniques, tan espléndido que si otras editoriales tuvieran algo de sensatez se aliarían contra ellos y los aplastarían». Por fortuna, nada parecido sucedió, y seguramente no fue por falta de sensatez, sino al contrario.

La Penguincubadora
La Penguincubadora no fue la primera máquina dispensadora de libros de la historia, sino la segunda. El pionero absoluto en este campo fue Richard Carlile, editor y librero que en 1822 quiso vender La edad de la razón de Thomas Paine sin que le metieran en la cárcel por ello. La lógica es que no era él quien vendía los libros, ¡era la máquina! Quienes lo encarcelaron no compartieron su planteamiento.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial puso en aprietos a todas las editoriales en Europa, por las restricciones de papel y otros materiales, pero Penguin logró adaptarse de maravilla a los tiempos bélicos. Como si hubieran sido hechos adrede, sus libros cabían a la perfección en los bolsillos del uniforme de los soldados británicos. Para entretener a las tropas, Allen Lane y su equipo idearon incluso una línea de títulos por suscripción, The Forces Book Club. El empuje de la editorial se manifestó en la rapidez con que se diversificaron las colecciones, y, de ese modo, otras aves fueron a hacer compañía al pingüino Frostie. En 1937 nació Pelican, dedicada a ensayos de toda temática. El nombre no fue esta vez sugerido por nadie de la editorial, sino que surgió cuando Allen Lane escuchó a alguien, en una tienda, pedir «uno de esos libros del pelícano». Para que nadie se les adelantara, Lane se apropió del nombre. Con la guerra llegó también el momento de lanzar una línea infantil. Puffin (frailecillo) se encargó de hacerles más llevaderos a los niños ingleses el clima bélico y las evacuaciones. Algunos de los primeros títulos les explicaban el porqué de la guerra, otros les familiarizaban con el entorno rural al que se habían visto forzados a desplazarse. Más colecciones y proyectos, con sus correspondientes nombres animales, se irían sumando a la familia Penguin, algunos de manera bastante fugaz: Porpoise, Peregrin, Peacock o Ptarmigan, por ejemplo (nótese la importancia de la P inicial).

Cubierta de A Book of Toys, de la coleccón King Penguin
Otra de las colecciones lanzadas al inicio de la guerra fue King Penguin, una serie de monografías sobre temas muy diversos, escritos por prestigiosos académicos y decoradas a todo color con bellas láminas. Una de sus características más notables eran estas preciosas cubiertas completamente decoradas.

Para cuando finalizó la guerra y en poco más de diez años de existencia, Penguin Books había crecido de manera considerable, tenía en marcha varias colecciones y aún estaba creando más (¡los primeros Penguin Classics!). Todo aquello era estupendo para los lectores y desde luego bajo el punto de vista empresarial, pero para cualquier diseñador planteaba un reto cuya complejidad hacía necesario un enfoque radical. Los libros de Penguin resultaban bastante reconocibles para los compradores, pero a esas alturas había cierta heterogeneidad gráfica que reclamaba una adaptación a los nuevos tiempos. Ahí es donde intervino uno de los diseñadores y tipógrafos más brillantes del siglo XX, Jan Tschichold. Por aquel entonces Tschichold residía en Suiza, a donde había tenido que escapar del odio nazi, pero de 1947 a 1949 vivió en Inglaterra para limpiar, fijar y dar esplendor a la imagen corporativa de Penguin Books.

Cubiertas antes y después del rediseño de Jan Tschichold.
Cubiertas antes y después del rediseño de Jan Tschichold.  Resulta evidente  que el diseñador alemán dio más «aire» al conjunto. Para Tschichold era esencial que el espacio que separaba los caracteres del título no fuera fijo, sino acorde con el peso óptico de cada letra. Tuvo que luchar tanto con los cajistas por este motivo, que acabó por encargar un sello para no tener que escribir esta especificación en cada una de las pruebas que le enseñaban.

Una de las cosas que más necesitaba una intervención urgente era el propio pingüino, la creación original de Edward Young. Desde los inicios de la editorial, no había cambiado sustancialmente, pero se había redibujado varias veces y se usaba de manera dispar. Otro tanto pasaba con el estilo tipográfico, tanto en el exterior como en el interior de los libros. La labor de Tschichold fue titánica y abarcó la totalidad de la imagen de Penguin. Rediseñó a Frostie y le dio una mayor prestancia y solidez. También dotó a la editorial de un libro de estilo que normativizaba cada uno de los detalles que afectan al diseño editorial: cuándo y cuánto sangrar los párrafos, en qué medida espaciar las líneas, en qué casos usar cursivas, dónde colocar la numeración de las páginas, etc. En resumen, toda esa serie de detalles en que los lectores de a pie solo reparamos si están mal ejecutados, pero que experimentamos de forma inconsciente como placer ante un libro bellamente maquetado. Con el enfoque marcado por Tschichold, los libros de Penguin destacaron frente a los de la competencia por su impecable diseño y su fuerte imagen de marca.

Evolución del logo de Penguin
El pingüino de Tschichold (1949) daba mayor estabilidad a una versión ya usada en 1938. A la derecha, la reinterpretación caligráfica que Elizabeth Friedlander hizo para el 25º aniversario de la editorial. Esta diseñadora, otro talento huido de la Alemania nazi que acabó recabando en Penguin, creó también para la editorial unos hermosos papeles con patrones decorativos, usados en la colección de partituras de música.

El rediseño que había hecho Jan Tschichold del logotipo fue tan exitoso, que no hizo falta tocarlo ¡en más de cincuenta años! Durante ese tiempo, otros grandes diseñadores se encargaron de que los libros de Penguin siguieran siendo bonitos y modernos: Hans Schmoller, Germano Facetti, Romek Marber, Derek Birdsall, David Pelham son algunos de sus ilustres nombres. Sólo en el 2003 Angus Hyland, de Pentagram, hizo unos mínimos retoques al pingüino, reforzar algunas líneas, redondear algún contorno y, sobre todo, adelgazar un poco a Frostie. No porque nuestros bobos cánones de belleza actuales tiendan a la anorexia, sino porque, como indica Hyland, «si piensas en la vista más usual del logotipo de una editorial, que es colocado en una estantería, el lomo del libro es el hábitat natural del pingüino. Un pájaro que sea un 15 por ciento más delgado posibilita hacerlo considerablemente más grande en el lomo de un libro de bolsillo de 100 páginas».

Logotipo diseñado por Angus Hyland
Logotipo rediseñado en el 2003 por Angus Hyland. Hyland y Pentagram han colaborado con Penguin en otros proyectos de la editorial, como por ejemplo una reedición de cinco obras de Virginia Woolf en tapa dura. El resultado no fue demasiado celebrado por los exigentes fans de la escritora. Lo cierto es que, tal como se ve aquí, los libros de Woolf han tenido cubiertas más sugerentes.

Cuando en el 2012 Penguin Books y Random House se fusionaron muchos temieron por la pervivencia del famoso pingüinito. ¿Cómo sería el logotipo conjunto de las dos editoriales? Algunos imaginaron a Frostie saliendo de la casa que simboliza a Random House, también se sopesó que la casa se conviertiera en un iglú, entre otras opciones. Tras mucha intriga, Pentagram tranquilizó a todos los fans de Penguin al presentar un diseño donde pingüino y casa coexistían de forma pacífica el uno junto a la otra. Por otro lado, aquel era tan sólo el logotipo de la compañía. El pingüino Frostie, que tantos millones y millones de libros ha adornado desde que lo dibujara Edward Young, seguirá haciéndolo. Esperemos que durante mucho tiempo.

Logotipo actual de Penguin Random House

 

[Para más información sobre Penguin Books, sobre su diseño y en especial sus cubiertas, se puede consultar Penguin by Design: A Cover Story 1935-2005 de Phil Baines.]
[Imagen destacada de no_typographic_man]

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