Artes visuales·Lavidamisma

Frances Glessner Lee, crimen en la casa de muñecas

Las contraventanas están echadas, los sillones cubiertos con tela y las pantallas de las lámparas fuertemente ceñidas con papel de estraza. Todo está cerrado, pero las ropas de la muñeca están abiertas, subida la falda de su vestido hasta arriba de los muslos, la pechera como arrancada de un tirón. Boca arriba en el suelo, sus ojos muy abiertos están fijos en el techo, hacia el que apunta también el cuchillo clavado en su costado. En torno a su cabeza un charco de sangre, simulado con barniz, se ha endurecido sobre el borde de la alfombra y las planchas de madera que la sostienen.

Es la escena de un crimen, pero también una primorosa casita de muñecas a escala 1:12. Realidades tan opuestas parecen imposibles de conciliar, pero fue precisamente lo que hizo una mujer que revolucionó la investigación criminal, Frances Glessner Lee.

Casa parroquial, diorama realizado por Frances Glessner Lee en 1946
Casa parroquial, diorama realizado por Frances Glessner Lee en 1946

Frances Glessner nació en Chicago en 1878, en una mansión llena de lujos donde la apodaron Fanny y la educaron tutores privados. Su padre era el multimillonario vicepresidente de la Harvester International, una compañía especializada en maquinaria agrícola que durante décadas apenas tuvo competencia alguna. Su madre, Sarah Frances Macbeth, se distinguió por su habilidad tejiendo, como joyera en plata y, también, por el buen gusto con que convirtió la casa familiar en el museo que en la actualidad es. Fanny aparece en las fotos como una niña de cara regordeta y ojos penetrantes, rasgos que apenas se modificaron con el paso del tiempo. Un viaje por Europa de catorce meses, su presentación en sociedad a la vuelta y un goteo de diversos aprendizajes manuales aseguraban su conversión en lo que debía ser, una dama de la alta sociedad que, como su madre, fuera capaz de crear a su alrededor las condiciones de una vida hermosa, cómoda y discreta. Como afición eligió la creación de miniaturas, al igual que una contemporánea suya que ganó cierta notoriedad con ellas, Narcissa Niblack Thorne. Al igual que los interiores opulentos e intachables que Niblack creó, así se esperaba que fuera la vida de Frances Glessner. En su vejez resaltaría de aquellos años la soledad y la presión aterradora de tener que responder a las expectativas ajenas, el lento deslizamiento hacia un destino donde se convertiría en «otra mujer rica que no tenía gran cosa que hacer».

Frances Glessner con 19 años
Frances Glessner con 19 años

Y, en buena parte, cumplió con lo que se esperaba de ella. Aunque deseaba estudiar Medicina, no lo hizo. Las mujeres, según su padre, no hacían esas cosas. A los 19 años estaba casada con un abogado, socio de un amigo de su hermano, y se mudaba a una casa contigua a aquella donde había pasado toda su vida. En ese espacio vital tan acotado tuvo tres hijos. Luego, tal vez como quien dice Ya está, ya tenéis lo que queríais, se divorció.

Gracias a uno de los amigos de su hermano había podido echar un vistazo a otro mundo vedado por completo a las mujeres. George Burgess Magrath, médico forense, encontró en Frances Glessner una oyente siempre interesada en sus relatos sobre crímenes truculentos y en cómo resolverlos. Algo que no se lograba con la frecuencia deseable. Por Magrath supo ella cómo la formación criminalística de los policías era muy deficiente. Llegaban a la escena de un crimen y toqueteaban, pisoteaban y cambiaban de sitio evidencias y detalles esenciales para dar con los culpables. Fue durante aquellas conversaciones cuando empezó a considerar qué podía hacer ella para mejorar ese panorama.

Tuvo no obstante que pasar cierto tiempo, y sobrevenir la muerte de sus padres y de su hermano para poder cumplir, aunque fuera de forma oblicua, su sueño de tener una carrera en la ciencia forense. Convertida en la heredera de una inmensa fortuna, una de las primeras cosas que hizo fue dotar a la Universidad de Harvard de un departamento de Medicina Legal, del que carecía hasta entonces. En agradecimiento a su amigo Magrath, le puso al frente de esta cátedra, la primera en Estados Unidos, y aun creó la Biblioteca George Burgess Magrath a la que dotó con numerosos documentos. Pero su aportación más original todavía estaba por llegar.

George Burgess Magrath
Georges Burgess Magrath no habría desentonado en una novela de detectives, con su sempiterna pipa, su sombrero de ala ancha y su costumbre de comer una sola vez al día (a medianoche)

Los Estudios acotados de muertes inexplicables (Nutshell Studies of Unexplained Death) nacieron de la habilidad de Francis Glessner en construir miniaturas, y de su empeño en dotar a la policía de entrenamiento para procesar de forma adecuada la escena de un crimen. También de su inteligencia analítica, que le hacía devorar las novelas de Agatha Christie y que se había afilado aún más gracias a la amistad con Magrath. Frances Glessner se apoyó en informes y fotografías de crímenes reales, que mezclaba cambiando algunas circunstancias para hacerlos irreconocibles y buscar siempre el componente didáctico. Los elementos de madera, como muebles, paredes o suelos, eran fabricados por el carpintero que Glessner tenía contratado, Ralph Moser. Todo lo demás, vestidos, objetos, lo confeccionaba ella con sus manos. El nivel de detalle de los dioramas es pasmoso: hay llaves diminutas que giran en sus cerraduras, armarios que se abren para revelar anaqueles llenos de ropa, o minúsculos lápices que escriben de verdad. Frances Glessner se impuso una minuciosidad que sabía necesaria si quería ser tomada en serio. No era tan solo una cuestión cuantitativa, sino de congruencia en reproducir unas condiciones, lo que le llevó por ejemplo a construir entero uno de los dioramas y quemarlo con un soplete para simular un incendio.

Frances Glessner puso mucho de sí misma en los Estudios acotados, a veces de forma literal, como en la miniatura donde su casa de campo aparece inmortalizada en un cuadro. Pero también hay algo más de ella, aun si infundirlo en los dioramas fue del todo involuntario. Ya que más de la mitad de las víctimas en los Estudios acotados son femeninas, no resulta descabellado considerarlos retratos de una domesticidad que confinaba a las mujeres en cárceles hechas de madera y tela, pero también de violencia. Durante mucho tiempo las casas de muñecas sirvieron para aleccionar a las niñas sobre lo que se esperaba de ellas como adultas. Irónicamente, Frances Glessner las convirtió en instrumentos para enseñar a hombres, pero también en sutiles denuncias de unas condiciones de vida que no eran, para las mujeres, tan hermosas como prometían los juegos infantiles.

Estudios acotados de muertes inexplicables: Cocina, 1944
Estudios acotados de muertes inexplicables: Cocina, 1944

Los Estudios acotados de muertes inexplicables sirvieron para instituir unos seminarios que se siguen celebrando en la actualidad. En ellos, a los participantes se les daba una lupa y noventa minutos. En ese tiempo debían ejercitar su capacidad de observación al máximo, pues de otro modo quizás se les pasaran por alto detalles como una bala incrustada del tamaño de una cabeza de alfiler. No se esperaba que resolvieran el crimen, no era ese el objetivo de los dioramas, sino que fueran capaces de dar cuenta de todos los indicios presentes en ellos. Si al comienzo los policías tenían dudas acerca de lo que podían enseñarle esas casas de muñecas o la millonaria que las había creado, se disipaban en contacto con unas y otra. Muchos agentes de la ley le agradecieron en persona lo mucho que la experiencia les había permitido mejorar en su profesión. El reconocimiento, cosa rara, alcanzó cotas institucionales, ya que fue la primera mujer en ser nombrada capitana de policía y la primera en formar parte de la Asociación Internacional de Jefes de Policía (IACP). Frances Glessner Lee se ganó el respeto de criminólogos profesionales y aficionados, como Erle Stanley Gardner, quien le dedicó El caso del marido dudoso con estas palabras: «A Frances Glessner Lee, capitana de la policía del estado de Nuevo Hampshire y una de las pocas mujeres que ha hecho dudar a Perry Mason».

El tiempo quizás haya hecho que el respeto debido se haya perdido en los artículos actuales donde se refieren a Frances Glessner como «abuelita», o se centran en una fácil caracterización de ricachona ociosa. Pero ya en vida tuvo que lidiar con ese paternalismo: en una entrevista concedida a un periodista al que casi triplica la edad, este no hace más que interrumpirla. Ella, harta, adelanta la mandíbula en su dirección y le suelta «Mire, joven, está todo el rato intentando anticipar lo que voy a decir, y no es usted suficientemente inteligente para eso».

Frances Glessner trabajando en una miniatura con el patólogo Alan Richards Moritz
Glessner trabajando en una miniatura con el patólogo Alan Richards Moritz, cuyos consejos ella valoraba enormemente. En una carta de 1945 le pide que la frene si su deseo de añadir detalles a los dioramas va «demasiado lejos».

Artistas más astutos que ese periodista han sabido reconocer el potencial artístico de los Estudios acotados, y han explorado las posibilidades del diorama inquietante. Como Abigail Goldman y sus «die-o-ramas», donde lo truculento está a un milímetro de lo humorístico, o Cynthia von Buhler, quien desde la investigación del asesinato no resuelto de su abuelo por medio de las miniaturas, ha avanzado hasta Speakeasy Dollhouse, un proyecto de teatro inmersivo y una novela gráfica en proceso. Por su parte, a Corinne May Botz le debemos una de las visiones más reverentes al tiempo que personales del trabajo de Frances Glessner, un libro donde la fotógrafa infunde nueva vida (o muerte) a los miniaturas, al tiempo que investiga la vida de su autora. Un homenaje más popular lo ha proporcionado la serie CSI: Las Vegas, que rindió tributo a Glessner con los capítulos dedicados al asesino miniaturista.

Hasta el 28 de enero, los Estudios acotados de muertes inexplicables han cambiado su localización habitual, en la tercera planta de la Oficina del Médico Forense Jefe de Maryland, y pueden verse en la Galería Renwick del Instituto Smithsoniano.

Más información sobre Francis Glessner y los Nutshell Studies, aquí.

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