Artes visuales·Gatos·Lavidamisma

My wife’s lovers, un cuadro con muchos gatos

My wife's lovers, de Carl Kahler
Dos cosas son ciertas: 1) Es un cuadro excepcional, y 2) hay cuarenta y dos gatos en él. Lo primero nos lo habrá de conceder el lector, pues incluso si la técnica o el estilo pictóricos no le parecen nada destacable, ¿cuántas obras ha visto que reúnan tan cantidad de encanto gatuno? En cuanto a lo segundo, comprobarlo lleva apenas un rato y es un buen pasatiempo, ya que alguno de los animales no es tan evidente a primera vista. Todo lo demás, lo que rodea a esta obra, es cuestión de cifras, de hechos no fáciles de contrastar y de hipérboles que intentan hacer de My wife’s lovers algo más singular de lo que ya es. A saber:

«… en él figuran 42 felinos. Si piensa que que son muchos gatos (y tendría razón), considere el hecho de que son tan solo una pequeña fracción de los 350 que poseía la millonaria de San Francisco Kate Birdsall Johnson, quien encargó el cuadro.
Johnson, de quien se puede decir que fue la dama de los gatos por excelencia, vivió con sus peludos amigos en una propiedad de 3.000 acres cerca de Sonoma durante el cambio de siglo. Tenía contratado a todo un equipo de trabajadores cuyo único propósito era cuidar de las mascotas…».

Kate Birdsall Johnson era millonaria, sí, vivió a finales del siglo XIX en una extensa casa de verano en California, y le gustaban con locura los gatos, pero no tenía los 200 que a su muerte los periódicos le atribuyeron, o los 350 en que, a saber por qué, se habían convertido ya cincuenta años más tarde. Solo poseía (en la medida en que un gato pertenece a alguien) los cuarenta y dos que aparecen en My wife’s lovers, o una cantidad muy cercana a esta.

«El título del cuadro fue concebido por el esposo de la millonaria».
El cuadro fue encargado en 1891, y para entonces Robert Johnson, el marido de Kate Birdsall, llevaba muerto dos años. Lo más probable es que ella le diera ese título, “Los amantes de mi mujer”, como humorístico homenaje al difunto.

«Para demostrar su amor por sus mascotas, la señora Johnson le encargó al reputado pintor de animales Carl Kahler que los inmortalizara en un cuadro».
Carl Kahler fue un pintor austriaco nacido en 1855 a quien le gustaba cambiar de aires a menudo: Italia, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos… Fue aquí donde él y Kate Birdsall se conocieron y ella le hizo el encargo. La biografía de Kahler es escueta y cuelga apenas de dos puntales: uno es My wife’s lovers, el otro son los tres cuadros que pintó de 1887 a 1889 para el Victoria Racing Club con escenas de la Copa de Melbourne, la competición hípica más famosa de Australia. Algunos recuentos alargan la vida del pintor hasta 1926 y lo hacen miembro de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York. Es casi seguro que ese Kahler (¿su hijo, algún otro familiar?) sea un artista nacido en Chicago en 1893 que en uno de los catálogos de la Sociedad aparece como autor de dos cuadros, uno titulado Abstracción y otro Mecanismo.

Diagrama de The Derby Day at Flemington (1886) de Carl Kahler, todo un "quién es quién" de la alta sociedad de Melbourne
Diagrama de The Derby Day at Flemington (1889) de Carl Kahler, todo un “quién es quién” de la alta sociedad de Melbourne

(Las breves biografías que cuentan algo personal sobre Carl Kahler insisten en su alta exigencia para consigo mismo y con sus clientes, a los que pide grandes sumas de dinero a cambio de sus cuadros. Una noticia aparecida en un periódico de 1894 ofrece una muestra de su impulsividad: My wife’s lovers no es la única obra de Kahler en la Exposición Universal de Chicago, hay otra en el pabellón de Alemania (no se nos dice su título o temática). Un día el cuadro aparece rajado de parte a parte. ¿Quién habrá sido el salvaje? Kahler da un paso al frente, ha sido él. «El cuadro –admite en tono triste– no me satisfacía». No obstante, el mismo periódico, The Morning Call, había dado un año antes otra versión del suceso: el cuadro era copia de uno propiedad de Kate Birdsall Johnson, pero alguien le había ofrecido unos 12 000 dólares por él. Por lealtad hacia la señora Johnson y para evitarse la tentación, lo ha rajado, no hay más misterio. ¿Cuál es la versión auténtica de este suceso? ¿Lo son ambas? ¿Ninguna?

The Morning Call informa también del curioso modo de mudarse de Kahler. El día en que parte para Chicago con su cuadro para la Exposición, toma consigo una pequeña maleta y guarda en su bolsillo la llave de su estudio tras cerrarlo a cal y canto. No vuelve más, no envía dinero para pagar el alquiler de otro año, no contesta a las cartas que se le envían (se dice que está en Europa, pero no es seguro). De modo que cuando la renta pagada se agota, el casero entra en el estudio. Está lleno de lujosos objetos, alfombras turcas, exóticos jarrones, tapices, finos muebles, que serán subastados ante la falta de respuesta por parte de Kahler. Este está, sea donde sea, en otra página de su vida. La que ha pasado está ya escrita y no le interesa.)

«El artista austriaco, que nunca antes había pintado un gato, pasó nada menos que tres años en el rancho californiano de ella, dibujando a los animales en una variedad de poses antes de pintar su obra maestra…».

Incluso si el cuadro fue encargado en enero de 1891, se sabe que fue entregado en primavera de 1893, lo que dejaría entre medias solo dos años y unos pocos meses. Teniendo en cuenta la lógica que preside toda esta historia, no es de extrañar que se convirtieran en tres años. La convicción de que Kahler no hizo otra cosa en ese tiempo que hacer estudios de gatos se puede rastrear hasta un artículo aparecido en julio de 1893 en el Salt Lake Herald, escrito por Hartley Davis. Según él, Carl Kahler había acabado tan obsesionado por los “más de trescientos gatos de largas colas y pedigrís”, que incluso cuando en ese período había intentado trabajar en otras cosas «su pincel acababa pintando gatos». El artista, añadía Hartley Davis, había añadido incluso algunos a sus lienzos antiguos.

«Casi todo ellos son angoras (el gato favorito de la civilización), pero se rumorea que entre ellos hay no solo ejemplares de calicós o de tipo español, sino también del gris azulado cartujo, del chino, con orejas colgantes, del tricolor gato de Tobolsk y de la raza de Madagascar, de curva cola».
Estos rumores pertenecen a la misma mitología que pobló el rancho de Buena Vista con centenares de felinos, y puede dárseles la misma credibilidad. Los animales que aparecen en My wife’s lovers eran todos angoras y persas. El imponente ejemplar que aparece en el centro de la composición era de hecho un persa llamado Sultan, que, al parecer, Kate Birdsall compró en París por 3 000 dólares de aquella época (unos 75 000 actuales). En aquellos tiempos las razas persa y de angora no tenían rasgos tan diferenciados como en la actualidad. En ese sentido podemos fiarnos de Frances Simpson, toda una autoridad en el tema, cuando escribió en 1903: “las distinciones, en apariencia inexistentes, entre angoras y persas son de una naturaleza tan sutil, que se me perdonará si ignoro la clase de gato comúnmente llamada de Angora”.

Uno de los gatos de Kate Birdsall, retratado por Carl Kahler. ¿Se puede pintar a un gato como si fuera una madonna, una venus? ¡Sí, se puede!
Uno de los gatos de Kate Birdsall, retratado por Carl Kahler. ¿Se puede pintar a un gato como si fuera una madonna, una venus? ¡Sí, se puede!

«La Sra. Johnson prestó My wife’s lovers a la Exposición Universal de Chicago de 1893, donde se convirtió de inmediato en todo un éxito».
My wife’s lovers fue terminado en la primavera de 1893. Kate Birdsall murió en diciembre de ese mismo año. El cuadro estuvo en su posesión durante muy poco tiempo, ya que en mayo lo prestó a la Exposición Universal de Chicago (la misma que dio a conocer la rueda de Ferris). Después de eso My wife’s lovers cambió de dueño con frecuencia, hasta llegar, en la actualidad, a manos de John y Ashley Mozart, quienes pagaron hace un par de años 826 000 dólares por él en una subasta en Sotheby’s. Casi tres veces lo que se anticipaba. Pero detengámonos en un momento concreto de la azarosa vida de este cuadro, concretamente en 1906. Se encuentra entonces en el Palacio del Arte de Ernest Haquette, en San Francisco, justo a tiempo de verse envuelto en el gran terremoto que asoló la zona. Según los datos más fiables, a cierta distancia de allí se encuentra Carl Kahler, quien había vuelto a establecer su estudio en la ciudad. Él no sobrevivió al terremoto, pero su obra más conocida sí. Indemne.

«Con unas dimensiones de 180 por 260 centímetros, el lienzo pesa 103 kilos.»
No se trata de otra exageración. Sotheby’s intentó clavarlo a una de sus paredes, y el cuadro acabó arrancando los clavos con su peso. La casa de subastas tuvo que erigir una pared especialmente para él, tal como reconoció Polly Sartori, responsable entonces de la sección dedicada a arte del siglo XIX en Sotheby’s.

Recorte del San Francisco Chronicle del 13/03/1894. Hellen Shellard entra en escena
Recorte del San Francisco Chronicle del 13/03/1894. Hellen Shellard entra en escena

«Johnsonn, que murió en 1893, […] dejó un legado de 500 000 dólares en su testamento para garantizar el cuidado de su colección felina».
El cuadro está, eso creemos, a buen recaudo. Pero ¿qué pasó con los en torno a cuarenta gatos tras la muerte de Kate Birdsall Johnson? En aquellos tiempos las mascotas no eran consideradas propiedades que pudieran legarse, y mucho menos se podía hacerlas beneficiarias en un testamento. Sin embargo la millonaria no murió sin asegurarse de que la vida de sus gatos estaría resuelta, ya que le pidió a una pariente lejana, Hellen Shellard, que se hiciera cargo de ellos cuando llegara el momento. A la señorita Shellard le correspondieron 20 000 dólares como herencia, un legado nada desdeñable pero que, como todo lo relacionado con esta historia, no podía sino exagerarse. Por el propio ritmo de las cuestiones legales, Hellen Shellard no tomó posesión del dinero y los animales de inmediato, de modo que cuando pudo hacerse cargo de los gatos, quedaban treinta y dos en un lamentable estado de abandono. Ahora bien, la pariente de Kate Birdsall no vivía precisamente en una mansión, y para hacer sitio a sus nuevas mascotas tuvo que desalojar a dos inquilinos y hacer obras para cerrar su porche trasero. Hellen Shellard sufrió ciertas incomodidades a causa de los bulos extendidos por la prensa, como tener que afrontar las quejas de sus vecinos, indignados por los inconvenientes de tener cientos de felinos en el barrio. Por fortuna, se aplacaron al conocer la cifra real. Ello no evitó, sin embargo, que los niños se acercaran a su puerta a menudo gritando “¡Aquí está la de los 200 gatos y 20,000 dólares al día!”. Otro inconveniente era tener que soportar la curiosidad de quienes intentaban captar aunque fuera un atisbo de los famosos persas y angoras, por los que su nueva dueña recibió numerosas ofertas económicas. Todas en vano. La mujer se enamoró a primera vista de los gatos de la difunta Kate Birdsall, e incluso si no lo hubiera prometido, por nada del mundo se hubiera desecho de uno solo de ellos.

 

(Las frases entrecomilladas han sido extraídas de diversas fuentes, entre ellas la Wikipedia, la página web de Sotheby’s o la sección de noticias de Artnet.com.)

 

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