Lavidamisma

No la llaméis noria: la triste suerte de George Washington Ferris

El 17 de junio de 1893, su encantadora esposa, Margaret Ann Ferris, levantó una copa de champán y brindó por su marido. Ella se encontraba en ese momento en lo alto de la noria, desde donde se podía ver toda la ciudad de Chicago. Su voz era dulce: To the health of my husband and the success of the Ferris Wheel…

-¡Tradúcemelo, Axel!- me interrrumpe Amanda.

Brindo por mi marido y por su invento fantástico, que no debería llamarse noria, sino rueda de Ferris, como se llama en Estados Unidos. Él fue más grande que Gustave Eiffel, Amanda, y sin embargo hoy nadie se acuerda ya de él.

El adiós de Stella, Linn Ullmann

En español la llamamos noria, en italiano es una ruota panoramica, en alemán Das Riesenrad, en francés une grande roue y en Inglaterra se denomina big wheel. Estados Unidos debe de ser uno de los escasos lugares donde se la sigue llamando rueda de Ferris, Ferris wheel, en honor a su inventor. El desdichado George Washington Gale Ferris Jr., a quien las cosas podrían haberle ido mejor, mucho mejor.

Talento y empuje desde luego no le faltaban. En 1891, los organizadores de la Exposición Universal de Chicago lanzaron un desafío a los ingenieros estadounidenses: diseñar una estructura capaz de dejar chiquita a la Torre Eiffel. La mayoría de los proyectos presentados se quedaban en lo previsible, erigir algún tipo de torre más alta que la ya construida en París (una de esas proposiciones fue hecha por el propio Gustave Eiffel). George Washington Ferris, que hasta entonces se había dedicado a levantar puentes, superó con mucho a sus colegas: quería construir una gigantesca rueda capaz de girar sobre sí misma y desde la que pudiera contemplarse toda la exposición. La idea, de tan atrevida, fue juzgada peligrosa. ¿Podría resistir una estructura semejante los fuertes vientos que provenían del lago Michigan? ¿No se vendría abajo en cuanto comenzara a moverse? Ferris era una persona de gran energía y estaba determinado a llevar a cabo su proyecto. Puso de su bolsillo unos 25.000 dólares para los estadios iniciales de planificación, y consiguió que otros ingenieros respetables apoyaran su diseño. Al final los organizadores de la Exposición de Chicago dieron su aprobación, pero la retiraron casi enseguida. Para cuando Ferris volvió a convencerles, el presupuesto para la feria había sido ya dedicado a otros menesteres, y se le dejó claro que tendría que conseguir sus propios inversores.

Lo hizo. El 21 de junio de 1893, tras unas obras dantescas y con un retraso de casi dos meses con respecto al inicio de la exposición, la rueda de Ferris fue inaugurada. Tenía unos 80 metros de altura y capacidad para 2.160 personas repartidas en 36 cabinas. Cincuenta centavos era lo que costaba subir, aparte de cierta dosis de valor. Quizás nosotros estemos ya acostumbrados a experiencias más extremas, pero es fácil entender el terror sentido por los contemporáneos de Ferris al subir a tanta altura, escuchando los crujidos metálicos de la noria y notando como las poderosas corrientes de viento hacían oscilar las cabinas. Todo aquello durante los veinte minutos que tardaba la rueda en dar dos vueltas sobre sí misma. Eran tiempos de menos prisas. Y sí, el invento funcionaba de maravilla. Y no, no se vino abajo. De hecho, cuando más tarde ese año unos tornados en la costa atlántica afectaron seriamente a otras atracciones de la exposición, la rueda de Ferris permaneció incólume. Poco importó que Chicago fuera “la ciudad de los vientos”: aguantó vendavales, rayos, todo lo que la climatología le envió.

La rueda de Ferris en todo su esplendor: Chicago, 1893
La rueda de Ferris en todo su esplendor: Chicago, 1893

 

No cupo duda de que era un gran logro técnico, una idea cuya realización estaba a la altura de su osadía. Sin embargo, en lugar de procurarle fama y riqueza a su creador sucedió todo lo contrario.

Al finalizar la Exposición de Chicago se habían recaudado unos 750.000 dólares gracias a la rueda de Ferris. De aquel dinero ni él ni sus inversores habían obtenido lo que creían merecer, y Ferris se embarcó en una serie de litigios que no le reportaron más que gastos y decepciones. Entretanto, en varias ciudades estadounidenses se estaban ya construyendo réplicas a menor escala de su creación, sin que de eso se derivaran apenas beneficios para él. La rueda se había convertido ya en una obsesión para su creador. Se empeñó en buscar nuevos inversores para una noria de mayor tamaño, más ambiciosa técnicamente, pero no encontró a nadie interesado. Su mujer acabó abandonándolo. Los amigos que le visitaban al hotel barato al que se había mudado le preguntaban si no tenía algún proyecto nuevo, y él respondía, sombrío, que en efecto seguía teniendo ideas, aunque quizás resultaran “demasiado terroríficas”. Casi arruinado, plagado de tristezas, murió en 1896, a los treinta y siete años, a causa de unas fiebres tifoideas complicadas por problemas renales previos. Se pensó durante un tiempo que se había suicidado. Si por suicidio se entiende también no buscar ayuda médica antes de que sea demasiado tarde, fue un dictamen acertado. Sus cenizas permanecieron durante meses en el crematorio a la espera de que alguien las reclamara.

Al terminar la Exposición de Chicago, la rueda fue desmantelada, acarreada y vuelta a montar en un par de nuevas localizaciones, hasta que la destruyeron dinamitándola en 1906.

De ahora en adelante, no volveré a llamarla noria.

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