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Raymond Briggs me ha roto el corazón

Yo, perdonen mi ignorancia, no sabía quién era Raymond Briggs. De haber seguido así quizás mi corazoncito habría permanecido no ya intacto, que una ya tiene demasiados años como para eso, pero sí en un estado de menor destrozo. Claro está que también me habría quedado sin descubrir a uno de los ilustradores más interesantes de Inglaterra.

Raymond Briggs nació en Wimbledon en 1934. Estudió en la Wimbledon School of Art, donde el profesor que le entrevistó para su admisión quedó escandalizado porque el joven no tenía más pretensiones que hacer viñetas cómicas. También estudió en la famosa Slade School of Fine Art. Muchos años después, declaró que nunca se sintió del todo en sintonía con el mundo de las Bellas Artes. No lograba conectar, por ejemplo, con la magnificencia del arte renacentista, pero sentía algo más de afinidad con los pintores flamencos y su amor por la vida cotidiana. Después de dedicarse un tiempo a la pintura se desempeñó como ilustrador: para agencias publicitarias, para periódicos y revistas, para libros infantiles. Este último medio lo abordó con cierta renuencia, hasta que se dio cuenta de que “los cuentos de hadas y los poemas infantiles eran una cosa maravillosa en la que trabajar”.

Este, este atractivo caballero es Raymond Briggs
Sí, este atractivo caballero es Raymond Briggs

Uno de sus primeros trabajos fue poner dibujos a Peter and the Piskies, una colección de cuentos basados en el folklore cornuallés y recopilados por Ruth Manning-Sanders. Pronto ganaría la primera de sus dos medallas Kate Greenaway, que entonces concedía la Library Association. Lo logró con su trabajo para una edición dedicada a los cuentos y rimas de Mother Goose, una figura archiconocida en el Reino Unido. La siguiente medalla se la concedieron por su primera incursión en el cómic, Father Christmas, escrita y dibujada por él. Aunque mientras trabajaba en el personaje no tenía más aspiración que hacer otro libro para niños, en su primera sesión de firmas se sorprendió al ver que también venían con él bajo el brazo una gran cantidad de adultos. A todo el mundo le gustaba el enfoque dado por Briggs al tradicional personaje de Papá Noel: un gruñón anciano para quien repartir regalos en Navidad es un trabajo como otro cualquiera, al que se dedica como un fontanero puede dedicarse a sus tuberías o un quiosquero a vender periódicos. El reflejo de la vida “working class” (la que él, la que sus padres conocieron), sus luchas pero también su domesticidad entrañable, ha sido una constante en la obra de Raymond Briggs. Una perspectiva similar hay en Fungus the Bogeyman, donde el hombre del saco se levanta cada día con la ingrata tarea de asustar a los hombres, tiene crisis vocacionales y busca aliviar sus estrés comiendo moscas como quien hace una pausa para el pitillo.

En 1978 Briggs creó otro personaje que también alcanzó el estatus de icono cultural en Inglaterra: The Snowman. Se trataba de una historia sin palabras donde un niño construía un muñeco de nieve. El muñeco cobraba vida por la noche y ambos lo pasaban de lo lindo hasta la mañana siguiente, cuando el niño se despertaba para encontrar a su amigo derretido. El mediometraje animado al que dio lugar ha sido periódicamente emitido en la televisión inglesa desde entonces, y en el 2004 logró el tercer puesto en una encuesta de Channel 4 acerca de los cien mejores momentos de la Navidad.

The Snowman en Fenwick
The Snowman es tan famoso que hasta aparece en los escaparates de los almacenes Fenwick

Más muestras de talento: The Tin-Pot Foreign General and the Old Iron Woman, una crítica a la guerra de las Malvinas que nos muestra a un Briggs más crítico y metido en temática social; o Unlucky Wally, otro álbum ilustrado a cuyo protagonista le suceden desgracias sin cuento; o Ethel & Ernest, una biografía de los padres del artista desde su noviazgo hasta su muerte, en la que pueden encontrarse varias claves de las obras de Briggs.

 

Como por ejemplo aquella por la cual yo acabé conociéndole: Gentleman Jim.

Lo encontré por casualidad. Era (es) un delgado cómic publicado por Astiberri, y acabé comprándolo seducida por la sinopsis de la contraportada (“Gentleman Jim es la historia de Jim Bloggs, un limpiador de aseos que sueña con cambiar de vida, ponerse a prueba y dedicarse a un oficio más emocionante como soldado, artista, vaquero o dinámico ejecutivo de una multinacional”) y por el simpático estilo de las viñetas.

Es difícil no querer a Jim Bloggs. Armado de un optimismo kamikaze y del apoyo incondicional de su mujer Hilda, intenta hacer realidad sus sueños por disparatados que sean. El primer obstáculo lo encuentra en su carencia de “certificados”, esto es, de títulos educativos. Otras dificultades no tardan en aparecer, y lo hacen bajo la forma de las autoridades que tanto hacen temblar a nuestro héroe: policías, inspectores de departamentos gubernamentales varios, jueces que lo abruman con palabras que él no entiende, y que trata de repetir sin éxito deformándolas. No obstante, a pesar del temor que le inspiran, él sigue adelante con sus planes. Un ejemplo de sus iniciativas es su intento de convertirse en bandolero, inspirado por una de las novelas de aventuras que tanto le gusta leer. Al descubrir que los trabucos de bandolero son caros, se las apaña con una pistola de juguete, una con dardos de ventosa. Y así con todo. Conforme avanzan las peripecias, uno no puede por menos que cruzar los dedos para que el descalabro no sea demasiado grave. Cuando al final Jim da con sus huesos en la cárcel, sigue sonriendo: ¡va a tener tiempo de estudiar y sacarse los famosos certificados! La última viñeta del cómic muestra a Jim despidiéndose de su mujer que ha ido a visitarle a prisión. Nos mira de frente, como si nos hubiéramos convertido en Hilda, y de ese modo nos dedica un tiernísimo “Adiós, amor”.

Gentleman Jim
Portada de Gentleman Jim

Para mí las cosas habrían podido quedar ahí, con esa agridulce sensación que deja Gentleman Jim. Pero, por regla general, cuando algo me gusta busco información acerca de su autor/a, toda la que puedo. Fue así como aprendí los datos biobibliográficos apuntados al principio de esta entrada, y también que Jim y Hilda Bloggs están basados en Ethel y Ernest Briggs. Pero también descubrí que hace más de veinte años, en mi adolescencia, un Raymond Briggs cuyo nombre yo desconocía había plantado la semilla explosiva que haría saltar en pedazos mi corazón.

Durante aquella época de mi vida, yo me quedaba despierta muchas noches viendo la tele. Debía de ser verano. Mis padres, tan severos para otras cosas, jamás me prohibieron aquello a pesar de lo inconveniente que podía resultar la programación a aquellas horas (ya emitía Telecinco). La verdad es que la mayoría de las veces lo que yo veía eran las películas de La Dos. Me tragué, atónita, impresionada, sin entender gran cosa, películas de Bertolucci, de Truffaut, de Louis Malle, de Kieslowski. También vi, una de esas noches, una película de animación que me resultó bastante rara, que mezclaba dibujos con objetos en tres dimensiones y hablaba de una pareja de ancianos que sufrían los efectos de una bomba nuclear. Entonces no lo sabía: era When the wind blows (Cuando el viento sopla) y estaba basada en otro de los cómics de Raymond Briggs.

Volví a verla hace poco. Da la casualidad de que sus protagonistas son precisamente James y Hilda Bloggs. Jim está ahora jubilado y ambos viven en una casita en el campo. Llevan una vida apacible, trasegando litros de té con leche y tomando decisiones sencillas como con qué acompañar las salchichas de la comida, si con patatas fritas o puré. Él suele tomar el autobús hasta la ciudad y leer los periódicos en la biblioteca pública. Le preocupan las noticias que avisan de una más que probable guerra, y recoge unos cuantos folletos del gobierno con directivas para protegerse ante un bombardeo nuclear. Los sigue al pie de la letra para aprovisionarse de los artículos necesarios y construir un mínimo refugio, apenas unas cuantas puertas apoyadas en la pared recubiertas en su base de cojines. Hilda arruga la nariz ante el desorden que esas preparaciones introducen en su pulcro hogar, pero muestra la misma confianza en su marido que siempre. Ambos afrontan la amenaza de otra guerra con serenidad: al fin y al cabo, sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, ¿qué podría ser peor que eso? Cuando por fin la bomba cae, se arrastran fuera de su refugio y constatan el destrozo causado en su casa con no excesiva sorpresa o contrariedad: nada que no hayan conocido antes, cuando los bombardeos de los alemanes sobre Londres.

 

When the wind blows
Jim y Hilda, antes de que el viento comience a soplar

 

 

Sin embargo, poco a poco comienzan a sufrir los efectos de algo que no ven y de lo que jamás han tenido experiencia. Cuando Hilda se preocupa ante cada nuevo síntoma del envenenamiento por radiación, Jim la consuela diciendo que es normal, que si las vibraciones producidas por la bomba, que si el estrés, que si el cambio de dieta, etc. Con el mismo candor que siempre, Jim piensa que todo sigue una mecánica precisa, y que “los poderes establecidos” finalmente llegarán hasta ellos representados por un servicio de emergencia. Entretanto, los víveres y el agua escasean, y Hilda y James cada vez se encuentran más enfermos.

Cuando el viento sopla es una de las historias más tristes que he conocido nunca. La encontré mencionada en una lista de diez películas demasiado deprimentes, y no me extraña demasiado, aunque no por eso deja de ser de mis favoritas. Para mí, es mucho más triste después de haber leído Gentleman Jim y haber asistido a los involuntarios enfrentamientos de este caballero con el poder, de admirar su capacidad para ser feliz en un mundo tan ancho y ajeno. Hoy en día nos resulta difícil comprender la fe que Jim Bloggs tenía en las instituciones, a no ser que recordemos su pertenencia a un mundo en el que eso no parecía tan risible. Incluso sin una amenaza nuclear a la vista, ahora sabemos demasiado bien que los poderes establecidos no llegarán hasta nosotros para salvarnos, sino probablemente lo contrario. No podemos importarles menos.

Puedo obstinarme en pensar que quien me ha roto el corazón es Raymond Briggs, pero en el fondo sé que el desgarro tiene en realidad otros agentes.

A Briggs, desde luego, no soy capaz de odiarle.

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